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¿Qué estamos haciendo bien?


Ante los resultados de la Encuesta Nacional Urbana de Seguridad Ciudadana (ENUSC) 2008 realizada por el INE, se ha cuestionado mucho sobre si Chile está mejor o peor en materia de delincuencia, y por qué, si las cifras son tan positivas, hay tanto temor entre los ciudadanos. Es natural que cualquiera se confunda con tanto número e información.

Las encuestas de victimización son el mejor instrumento para medir la evolución de la delincuencia, ya que permiten estimar cuántos delitos se han cometido en un período dado, incluyendo la cifra negra o los delitos no denunciados. Y, como todas las encuestas, son una herramienta que entrega información. Sin embargo, el cómo se interpreten sus resultados va a depender del cristal con que se miren.

Los datos muestran que 35,3 por ciento de los hogares fueron víctimas de alguno de los delitos considerados por la encuesta. De un total de aproximadamente 4 millones de hogares, en más de 1 millón 400 mil, uno de sus miembros sufrió un robo por sorpresa, lesión, hurto o soborno, entre otros. Al analizar todas las ENUSC que se han realizado desde el año 2003, se puede observar también que la victimización ha disminuido en casi 5 puntos porcentuales.

Pero las cifras no bastan y es preciso un análisis mucho más global de la situación. En primer lugar, debería relacionarse ese 35 por ciento y la disminución de 5 puntos, con los montos invertidos en esta área. Si después de evaluar este punto percibimos que hemos gastado muchísimos millones de pesos para obtener una marginal disminución en victimización, estaríamos siendo más bien ineficientes. Pero si deducimos que hemos obtenido notables resultados de impacto en temor y victimización siendo costo-efectivos en las intervenciones, todos deberíamos celebrar. Seríamos un país con buenos niveles de gestión, eficaces en el gasto de los recursos y con capacidad de impacto.

Hoy no se puede hacer este análisis. No se sabe en forma desagregada cuánto se ha invertido en programas cuyos objetivos son prevenir y controlar la delincuencia, ni cuánto cuesta la Estrategia Nacional de Seguridad Pública, eje central de la política gubernamental en esta materia.

Un segundo eje de análisis debería referirse a los programas y líneas estratégicas que se han implementado para disminuir la delincuencia. Si bajaron las cifras de victimización, cabría preguntarse por qué. ¿Fue un programa que se implementó en cierto territorio? ¿Fue la especialización y focalización del servicio proveído lo que produjo tan buenos resultados? Y si nos fue mal en algunas comunas, ¿qué se hizo mal?

Nuevamente, este análisis no es factible. Se desconoce, en la mayoría de los proyectos o programas que se han implementado a lo largo de estos años, cuál es el impacto que han tenido en disminuir victimización y temor. La política gubernamental en esta materia evalúa sólo logros intermedios, como cobertura o implementación, sin comparar el antes y después de la intervención. No podemos tampoco identificar qué se está haciendo bien y en qué lugar, para replicarlo en otras partes o terminar con aquellas iniciativas que claramente no están dando buenos resultados.

Para no contribuir a la confusión, vale concluir que desde el año 2003 la victimización ha disminuido, que desde el año pasado se ha estabilizado a niveles altos, que el 80% de la ciudadanía cree que la delincuencia aumentará y que no se sabe con exactitud cuánto se ha gastado, si se ha invertido bien y qué programas pueden ser replicados. Avanzar en estas áreas será crucial para dar respuesta a la pregunta de cómo está Chile en materia de delincuencia.